Reinas y princesas







Percibo las vidas de la realeza como tristes y tremendamente vacías. Su libertad controlada, sus expresiones y movimientos constantemente juzgados; por no hablar de la gran cantidad de normas protocolarias, unas escritas, otras no (las más absurdas) que deben cumplir con la mejor de sus sonrisas. Por eso, me pregunto ¿qué lleva a plebeyas altamente cualificadas con exitosas vidas profesionales en pleno siglo XXI a casarse con miembros de familias reales?, ¿el amor?, ¿estamos asistiendo a una restauración de las monarquías? Ahora los matrimonios son por amor no por pactos o conveniencias, dicen.
            Lejos de envidiar sus vidas, dos son los sentimientos que se despiertan en mí cuando asisto, desde mi televisor a sus reales bodas. Por un lado, me sorprende tremendamente que abandonen sus vidas, como he dicho, generalmente exitosas, pongamos de ejemplo a Letizia Ortiz, periodista; Megan Markle, actriz o Mary Donaldson, ejecutiva y consultora por nombrar sólo a algunas de ellas. Por otro, me fascina el despliegue estilístico. Pero, sobre todo, lo que más me cautiva es imaginar sus vidas noveladas. Sí, tienen vidas tristes y vacías, pero tremendamente novelables.
            No creo que nadie anhele una vida prefijada, marcada y agendada hasta el más mínimo detalle, rodeada de innumerables personas que le dicen qué hacer, cómo hacerlo, qué ponerse o cómo debe peinarse, o quizá sí. Para muestra, la colección de nuevas reinas y princesas provenientes del mundo más prosaico. Y ciertamente me resulta incomprensible. Pongamos unos ejemplos:
En Holanda, Máxima Zorreguieta abandonó su ascendente carrera como vicepresidenta de ventas de una importante empresa para casarse con el heredero al trono holandés y, por ende, convertirse en reina, o lo que es igual, en mujer florero. Su caso, sin embargo, es afortunado, pues gracias a su carácter risueño y natural ha conseguido caer en gracia siendo alabada en cada una de sus apariciones públicas y obteniendo una agenda en solitario bastante más amplia que muchas homónimas. Un caso similar ocurre en Dinamarca con Mary Donaldson.
Luego tenemos los casos “pretty woman” en Noruega con Mette-Marit, quien carecía de estudios, sin oficio ni beneficio con un hijo pequeño, motivo por el que el matrimonio con Haakon le hizo mucho bien. Sin embargo, parece una princesa triste nada adaptada a la vida palaciega. Algo parecido le ocurre a Sofia Hellqvist de Suecia, que, aunque no está llamada a ser reina por no estar casada con un heredero, su vida dio un cambio radical tras las nupcias. Su curriculum era bastante extenso, pero tendiendo al otro extremo: carne de reality, modelo de ropa interior (eufemismo de stripper) y portada de revistas no precisamente culturales; vida de endiablada actualidad.
Llama poderosamente la atención que ambos príncipes conocieron a sus princesas en un estado lúdico nada recomendable para su condición real de cara al populacho, sin embargo, tan tradicional en todas las casas reales. Y cuando entran a formar parte de sus vidas de manera oficial, las cambian, las pulen, las liman y ofrecen una pátina de refinamiento: el corte y color de su pelo, el maquillaje, el color de sus uñas, la vestimenta, los gestos y, sobre todo, su forma de opinar y pensar; esto sí que es importante. Las transforman en seres que no son.
            Hay algo que se me escapa, en el siglo XXI y en plena lucha por la igualdad, con un movimiento feminista tan potente, ¿cómo hay mujeres que desean formar parte de una vida tan obsoleta y anacrónica a la vista del mundo exterior a Palacio?
De estudio es el caso español, nosotros tan pioneros y tan nuestros siempre. Al parecer Letizia y Felipe se enamoran mutuamente, ella abandona su carrera periodística, dice adiós a su sueño más preciado, a su mayor vocación para abrazar las normas palaciegas, todo por amor. La enseñan a ser princesa, no sin obviar la cantidad de desplantes y humillaciones por parte de una familia regia, muy educada y elegante toda ella, y de la que poco a poco vamos conociendo sus trapos más sucios, sus movimientos más zafios y sus acciones más ruines.
Mientras tanto, toda España juzga y critica a la plebeya, a la que no ha nacido con sangre regia y ahora “disfruta de una vida de lujos”, “siempre de vacaciones”, “con gente a su servicio todo el día”. En cambio, la realidad es que ha entrado a pertenecer a una familia poderosa en la que la doble moral forma parte de su ADN, pero donde ella es el blanco fácil; la juzgada pese a que aún no se le ha encontrado cuenta extraña ni amante bandido; haciendo de tripas corazón junto a sus suegros, cuando las hace; aceptando o no, ser enjuiciada por absolutamente todo y, sobre todo, la pérdida de libertad, donde veo una nulidad total a su persona, a su ser.
            Me queda claro que el amor mueve Palacios actualmente. En esta vida todo es renunciar a unas cosas para tener otras, así, los más afortunados o los más valientes elegimos un camino, aún conscientes de que renunciamos a otros muchos. Otros, eligen sus caminos gracias a que les pagamos el peaje.

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