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Viejuna verbal


Esta mañana he decidido ir a hacer la compra caminando y desafiar al frío pese a las advertencias meteorológicas.



Como el invierno es sombrío y algo aburrido en ocasiones, en cuanto a la vestimenta, y teniendo en cuenta que yo hoy necesitaba color y alegría, me he enfundado una chaqueta de lana con las mangas de lentejuelas que los Reyes me han traído por buena persona.

Gracias a este paseo matutino para llevar a cabo mis quehaceres, ahora estoy escribiendo esta entrada del blog.

¿Qué tiene que ver el frío con un blog de literatura y lengua?, te preguntarás. Mejor aún, ¿qué me importa a mí, lector, las mangas de tu chaqueta?
Pues mucho y todo. A ver, tanto el frío como las mangas nada, pero gracias a ambas cosas nace esto que estás leyendo.

Me explico, mientras portaba mis bolsas de la compra, he pensado: “Qué bonita es esta chaqueta con sus lentejuelas”.
Y ahí está la clave. Ya no son lentejuelas, ahora son paillettes. Parece que eso de las lentejuelas queda vulgar, no es sofisticado.

Lo peor de todo es que estoy desfasada, pues en las 185 palabras que llevo escritas, tres no se usan ya con la frecuencia que deberían. Digo deberían porque son nuestras, de nuestro idioma, de nuestra lengua, nuestra herencia. Nos pertenecen, vamos.



Y es que ahora la vestimenta es el dress code, mi chaqueta es de paillettes y la entrada de mi blog es un post.

Yo soy bloggera, también tuiteo y busco ser trending topic, pero nunca lo consigo. He dejado el libro de papel pasándome al ebook por diversos motivos y las newsletters ya forman parte de mi día a día.

Pese a todo ese tsunami de palabras que me ha invadido, mientras plancho (cuando lo hago y estoy sola) me gusta ver Sávame (quizá porque me empuja a planchar rápido, quizá, simplemente me divierte). Lo mejor del programa son los cebos, nada tiene que ver con la realidad o, al menos, poco por lo general.
Además de ver Sálvame cuando plancho, me gusta leer y ambas actividades son perfectamente compatibles. Entiéndase que por separado.
Estar al tanto del colorín me ayuda a comprender a mi querida Rosa Palo cada semana. Si aún no la conoces, ve corriendo a leerla. Tienes risas y entretenimiento asegurado.

Y digo esto, que me voy por los pirineos de la izquierda, porque ayer, compartiendo rato de lectura con mi hija, me pregunta:

-Mamá, ¿qué significa “clickbait”?
Mi cara de póker la llevó a decir:
      -Ni idea, ¿verdad?    
Exacto, no tenía ni la más remota idea. "Vamos a buscarlo, hija". Esa fue mi respuesta.

Resultó que los cebos de Sálvame son los clickbait que aparecen en su libro de youtubers The Crazy Haacks.



Entonces me sentí mayor, muuuuy mayor de golpe. No saber responder el significado de una palabra a mi hija me chafó, lo reconozco. Pero es que esta reflexión va más allá. Tengo la sensación de ser una antigua, obsoleta y demodé; yo estudié Filología Hispánica, para mí, los filólogos éramos los médicos de las palabras. Ya casi no hablamos nuestra lengua de manera pura. Ahora somos médicos de otra manera: forenses. 

Oh my God, menos mal que aún no soy ni runner, ni yogui, ni hago fitness. Sería incapaz de llevar el peso de todo ese palabrerío encima.

Si, al igual que yo, eres un viejuno verbal, te gusta el español y la literatura, entonces, sígueme. Este es tu blog. También puedes leer una novela sobre el último Borbón que habitó el Palacio Real y un cuento muy bonico que te gustará seguro. Ambos libros en el español de toda la vida escritos por una filóloga que siente amor y devoción por su lengua.

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